jueves, 19 de mayo de 2005

Grato Recuerdo


FRANCISCO HUERTA
Periodista y Locutor
      (2005)

A propósito de la muerte del brillante periodista y locutor, creador del periodismo civil, Francisco Huerta, acaecida hace solamente dos semanas, recordé unos momentos muy gratos que compartí con él por allá por el año de 1976-1977 en mi muy querida ciudad de Orizaba, Ver. Y digo “mi” porqué la siento mía, porque aprendí a quererla, tanto, que nunca voy a olvidarla.

Por aquellos días, un añorado amigo de por allá, José Luis Reneaum, en aquel entonces Gerente de las dos principales radiodifusoras de la ciudad: XETQ y XEOV,(llamado “El Ruiseñor de Maltrata por su estupenda y radiofónica voz), avocándose un problema público de la población con el Ayuntamiento, relativo al servicio de limpia, solicitó el auxilio de Francisco Huerta a la estación ABC de la ciudad de México, quien con su gran entusiasmo para ayudar en las demandas justas, se trasladó a la ciudad de Orizaba y sólo en tres o cuatro días de maratón radiofónico, logró colectar la suma necesaria para la adquisición de un flamante camión recogedor de basura, poniéndose en esa forma en evidencia la ineptitud de la Comuna y obligando al gobierno municipal a conducirse responsablemente.

En plena celebración de lo acontecido, reunidos con Paco Huerta, su colega José Luis lo invitó a efectuar un programa de festejo que se transmitió mediante un control remoto y en el que con “gran pompa” fue estrenada la canción titulada “Orizaba de mis Sueños” con letra y música de un servidor (Dzunum).

Esta canción, un bambuco yucateco, fue estrenada en esa ocasión en la voz de un bohemio intérprete, invidente, muy apreciado en la localidad, de nombre Cristóbal y durante una época se le consideró como un himno a Orizaba, siendo bellamente interpretada por el Trío Azul (local). Previamente al estreno, Paco Huerta me entrevistó ante los micrófonos de ABC Radio, pero mi timidez no me permitió explayarme como hubiera querido, aunque ya lo había hecho en la canción, en la que puse toda mi inspiración de poeta y trovador yucateco.

En fin, el recuerdo quedó y hoy que Don Paco Huerta se fue de este mundo, revivió (el recuerdo) para poder plasmarlo en esta breve anécdota.

Dzunum.
"Orizaba de mis Suenos"
       (Bambuco)

Pedazo de Veracruz
escondido entre montañas,
a veces te baña el sol,
a veces no te ves nada
porque una inmensa neblina
te mantiene cobijada.

¡Paisaje que me fascina!
¡Mi romántica Orizaba!

Cuando estoy lejos de ti
tu recuerdo siempre torna:
tu Plaza de la Concordia
donde tantas veces fui
y tu calle de Madero
donde tantas flores vi.

Te recuerdo de mañana,
cuando tu cielo está limpio
tras una verde montaña
tu volcán asoma el pico
y entre las tejas mojadas,
con destellos de coral,
lucen tus puentes y torres
su belleza colonial.

Orizaba de mis sueños,
te he entregado mi canción,
el corazón te lo entrego
con la sola condición
que me guardes un lugar
en tu “Cerro del Borrego”

Orizaba, te lo entrego
con la sola condición
que me guardes un lugar
en tu “Cerro del Borrego”

        Dzunum



domingo, 24 de abril de 2005

Añoranza de la Baja California



                                                              Cervecería de Mexicali

Añoranza de Baja California,
Digna Región de México
                  (Anécdota)
                   julio 2005


Repasando recuerdos, vinieron a la mente los pormenores de una excursión breve que como despedida de la Baja California hice --acompañado de un entrañable amigo-- a partir del Cerro del Centinela de la ciudad capital de Mexicali.

Francamente un calor de 48 grados centígrados no es fácilmente soportable y menos subiendo cerros. Sin embargo la curiosidad nos dio fortaleza y escalamos como último esfuerzo los cinco metros casi en línea vertical del pequeño cantil, hasta alcanzar la entrada de una pequeña cueva en la que, buscando tesoros, solamente encontramos el cadáver de un coyote momificado. Como pudimos, bajamos a suelo firme y a punto de desfallecer por el intenso calor, apenas logramos entrar a la vieja camioneta y accionar el aire acondicionado que nos volvió a la vida.

Se cuenta en Mexicali que algunos revolucionarios de la División del Norte, enterraron en ese cerro una buena suma en oro acuñado y los que por ahí llegan a pasar, no se van sin antes dar una explorada al paraje. Naturalmente Francisco y yo no podíamos ser la excepción.

Prosiguiendo nuestro camino, nos enfilamos rumbo a la tranquila y risueña población de Tecate, que visitamos sólo por un rato para dirigirnos, ahora, hacia la súper internacional, aventurera y muy querida ciudad de Tijuana. Esta gran puerta de México hacia la enorme nación del norte, la cuestiona negativamente gran parte de mexicanos que se dejan llevar por lo que oyen y, ni siquiera han estado allá.

Tijuana es acogedora. La hospitalidad y desparpajo de su gente nos hace sentir en casa. Esta gran ciudad, que ya sobrepasaba en los tiempos de que estoy hablando, el millón de habitantes sin contar la población flotante, está enclavada exactamente en la línea fronteriza con EE.UU. sobre la costa noroeste de la península de la Baja California, constituyendo uno de los municipios del que fuera en otro tiempo llamado el “Estado 29” que en 1953 dejó de ser territorio federal, estrenándose en la gubernatura del Estado Libre y Soberano de Baja California Norte, el Lic. Braulio Maldonado Sández.

En estas tierras sí que se sabe de nacionalismo y estos mexicanos lo ostentan dignamente contra lo que se cree en el centro de nuestra República, donde se piensa que nuestros paisanos de la frontera viven con las costumbres gringas. No, ellos son precisamente un valladar gracias al cual no nos hemos convertido en algo así como portorriqueños (o puertorriqueños), como quisieran los mal nacidos que tanto daño hacen a México.

En aquellos días me tocó ser testigo de un incidente que puso en evidencia, precisamente, el patriotismo de los bajacalifornianos.

Era el mes de septiembre en que se generaliza la costumbre de colocar una bandera mexicana en la antena u otro lugar del automóvil. Este paisano estaba, como lo hacía a diario, por cruzar el puente internacional de Mexicali a la población de Caléxico, Cal., cuando un agente de migración o aduanas gringo, arrancó violentamente la pequeña bandera mexicana y la tiró al suelo en un arranque de odio racial que sólo un enfermo mental puede manifestar de tal manera. El paisano se bajó casi volando del vehículo y de un certero puñetazo derribó al autor de la ofensa. En unos cuantos segundos fue rodeado el sitio por quienes nos percatamos del incidente e indignados y dispuestos a todo en contra de las autoridades gringas, les reclamamos con gritos y actitud violenta pero, con mucho tino, el oficial en jefe, increpó al imbécil empleado en presencia de todos y lo obligó a levantar la bandera, colocarla nuevamente y pedir perdón a los ofendidos, (que éramos todos).

Esos cachanillas, ¡Bravo por ellos!
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Profundamente ensimismado en mis pensamientos, sin darme casi cuenta, llegamos a la hermosa Ensenada, extremo de nuestra pequeña gira iniciada en Mexicali. Esta ciudad y puerto, sobre la misma costa y al sur de Tijuana, nos deparaba el disfrute de un baño de mar, frío, puesto que frías están siempre esas aguas, en compañía de las toninas que frecuentemente juegan en la orilla de la playa.

“No hay plazo que no se cumpla” dice el refrán, y llegaba el momento de dejar la Baja California y mi feliz estancia radicado en la ciudad de Mexicali durante seis meses. Estos últimos momentos los estaba viviendo a plenitud. Me estaba despidiendo de estas tierras.

Lejos, muy lejos, me esperaban y requerían mis obligaciones habituales, que nada tenían que ver con el sentimiento del adiós. Los grandes afectos que gané, se agolpaban en mi pecho, mortificándome el pensar que en breve, ya no estaría.

De regreso a Mexicali, pasamos por la casa de la calle “F”, donde imaginé ver a mi esposa y mis dos pequeños hijos en la terraza, como los veía a diario al llegar de mi trabajo. Pasamos por los sitios, para mí familiares, de esta hospitalaria tierra. Añoré también Caléxico y El Centro en California (USA), pero esos inolvidables amigos que hicieron feliz mi estancia. ¡Que triste iba a ser no volver a verlos! La nostalgia ya me había invadido antes de la partida: los buenos ratos, las tertulias, el afecto, el cariño, el vacío de la futura ausencia, los ojos empañados y el adiós. Pasé a dejar a Francisco a su casa y después de un abrazo fraternal de despedida, partí con destino al otro extremo de la República Mexicana, a la tierra de mis abuelos mayas, que ya me esperaba con los brazos abiertos.

Transcurridos más de treinta años a partir de aquellos días, las imágenes de entonces siguen refrescando mis pensamientos.

¿Por qué debe quedarse atrás el tiempo, sin nosotros? El tiempo se detiene, pero nosotros, seguimos errantes por las llanuras del recuerdo.

Dzunum

Cachanilla: flor del desierto
y sobrenombre afectivo de
los mexicalenses.